La necesidad de iniciar un proceso terapéutico puede venir de diversas razones, crisis de trabajo, choques en las relaciones, sentimientos de abandono, injusticia o de insatisfacción con la vida misma. En estos cuestionamientos dolorosos, muchas veces sentimos que la vida es la injusta, que nuestra historia está llena de pesares y que somos unos desafortunados, porque nada nos funciona como queremos. Si todo fuera distinto, si hubiéramos tenido otras cosas, otras relaciones y aprendizajes, el problema no existiría.

 

Lo cierto es que el culpar lo externo, es la base de nuestro sufrimiento, es una negación de lo que hay en nuestro interior, que deja fuera de nuestro control la opción de cambiar eso que se interpone con nuestra felicidad o con lo que creemos que ella es. Porque lo que no está bien, lo que no cuadra o lo que nos produce sufrimiento, justamente está allí.

 

Así, el trabajo y el viaje que se inicia, implica vivenciarnos completos, la sombra, lo oscuro, lo doloroso, dejarlo salir sentirlo y vivirlo, desde nuestra verdad. Lo reprimido es liberar aquello que está preso. Cuando eso ocurre y vemos que lo de adentro se ordena, se arma y es valioso, el mundo comienza a responder de la misma manera.

 

De este modo, aunque se viva en el paraíso mismo, si lo que sucede dentro es negado y hay una constante lucha interna, nos recriminamos por lo que no tenemos o por lo que somos, seremos incapaces de ver y de recibir todo lo que el mundo tiene para ofrecernos.

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